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Mientras preparo y organizo las próximas entradas sobre mi viaje a Italia (oh yeah), no he podido resistirme a compartir con vosotros un par de cositas y reanimar un poco el blog, de paso. La primera es la escena de una película, que hoy día ya ha sido arrastrada al Olimpo del séptimo arte gracias a ese cineasta capaz de traspasar la pantalla con pura emoción y sentimiento que tantos instantes dorados ha regalado a la historia del cine más reciente. Hablo de la onírica Mulholland Drive y de David Lynch, siempre tan incomprendidos como aclamados.
Para mí, Mulholland Drive fue un auténtico flechazo. Estoy perdidamente enamorada de su estética alucinógena, de su loca y confusa narrativa, de sus detalles y secretos perfectos... Y como no podía ser de otro modo, de las grandes interpretaciones dramáticas que encierra este desgarrador cuento de hadas que tiene lugar en el boulevard de los sueños rotos. Es monumental, perfeccionista y redonda, pero el surrealismo que la rodea no es para todo el mundo. Ya se sabe, a Lynch se le ama o se le odia.
La característica más preciada y fundalmental del director norteamericano es, precisamente, su tajante capacidad para no dejar a ningún público indiferente. Este insólito don, tan escaso en la actualidad de la industria, se debe a esos momentazos creados por Lynch mediante un ejercicio virtuoso e inmaculado de cine en esencia natural. Como estudioso e indagador de la mente humana, el cineasta nos entrega mucho más que un llano conjunto de líneas argumentales y subtramas que se dirigen hacia un desenlace común con cada nueva película: nos ofrece un espejo psicológico de la sociedad y mentalidad moderna, a la vez que un mapa fragmentado y ya muy desgastado que intenta mostrar el lado oculto y reprimido de la humanidad.
Podría pasarme un día entero hablando sobre esa mente lunática y genial que ideó, entre otras, Terciopelo azul, y aún así no diría nada que no se haya dicho ya antes, así que os revelaré a dónde pretendía llegar con todo esto. Lynch es El Creador de Escenas, por excelencia, por eso he decidido compartir la que es mi preferida de todo su repertorio. Tengo muchísimas razones para situarla en el podio del arte audiovisual: es una brillante metáfora del cine, una actuación sobrecogedora y cargada de dramatismo, un escenario único y directo... Pero si hoy la cuelgo en mi blog es porque representa la empatía y la perpetua conexión entre las personas.
En Mulholland Drive hay un cierto instante a partir del cual toda la película se desmorona (sin spoilers, tranquilos). El espectador se pierde en la trama y me aventuraría a asegurar que para no encontrarse jamás. Pero hay un momento de luz, una flecha que nos indica hacia dónde pretende guiarnos el director. No hay palabras, ni indicaciones físicas, ni señalizaciones explícitas. No. Todo es silencio. Todo es imagen y música. Todo es emoción. Y, de repente, el público es capaz de entenderlo todo, de llegar hasta las mismísimas entrañas de este cuento para comprender su razón de ser, así, sin más, como una práctica de fe. La pantalla existente entre las imágenes y la audiencia, entre la realidad y la falsedad, entre presente y pasado, se difumina y desaparece por unos instantes de magia audiovisual. Lynch cala en tu subconsciente, como los grandes artistas del surrealismo, te atrapa y te retuerce con sus manos que atraviesan el frío cristal. Porque ese es el auténtico reto del cineasta contemporáneo: fundir el hielo que cubre los proyectores, los televisores y nuestros ojos para llevarnos al ardiente sentimiento y a las lágrimas. En resumen, uno es incapaz de apartar los ojos del escenario del Club del Silencio, sobre el que se alza elegante, rota y espontánea la figura de la cantante del lamento.
La canción es dolor y tristeza, pero no encontramos su naturaleza desencantada solo en las palabras, sino en los pilares sobre los que se apoya (voz, miradas, colores, gesticulaciones...). No hay que olvidar que el tema versión original es también en español, así que estaba planeado que la letra no tenía porqué entenderse al primer contacto.
Solo existe una norma para disfrutar del cine de David Lynch sin volverse loco en el intento: dejarse llevar por los sentidos. Puede que la escena aislada no funcione igual de bien que dentro del asfalto de Mulholland drive, pero yo os invito a darle al play y olvidarse del resto del mundo durante estos casi cuatro minutos que dura la canción. Aunque no os llegue a la patata, la interpretación a capella es sencillamente preciosa, así que al menos algo bueno sacaréis de la experiencia. Además, después también podréis decir que ya habéis visto uno de los momentos más recordados, imitados y citados del cine en los últimos años.






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